
Cloud
La culpa es de la vaca
26 de octubre de 2025
Versión TL;DR
Después del guayabo causado por el frenesí de artículos y posts acerca de la caída de AWS del pasado lunes, quisiera invitarlo/a en esta mañana de domingo a la reflexión sobre los valores humanos, el liderazgo, la perseverancia y, sobre todo, la tendencia que tenemos a buscar culpables externos (como la vaca del relato que da nombre al libro) en lugar de asumir la responsabilidad de nuestros propios actos y decisiones para mejorar su vida, tanto en el ámbito personal como profesional.
Pero vamos por partes.
Más allá de los servidores, las redes y los balanceadores de carga, este evento vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿de quién es realmente la culpa cuando la nube se cae?
Porque no, no siempre es culpa del proveedor. Y tampoco basta con señalarlo así en los comunicados oficiales.
Responsabilidad compartida, pero no diluida
Esta industria, la tecnológica, ha perfeccionado el arte de compartir responsabilidades: el modelo de responsabilidad compartida define hasta dónde llega el proveedor de nube y dónde empieza el cliente. Sin embargo, en la práctica, esa frontera puede volverse un tanto difusa. Las empresas contratan servicios críticos en la nube, pero omiten diseñar planes de contingencia reales, respaldos en zonas múltiples o estrategias de conmutación ante fallos (conocidos como failover). ¿Por qué? Porque muchas veces esas medidas “encarecen el servicio”.
Y ahí aparece la “vaca” del título: esa lógica de ahorro que, bajo el disfraz de eficiencia, termina sacrificando la resiliencia.
Cuando ahorrar cuesta más caro
En las juntas directivas, muchas veces las decisiones de TI son aprobadas bajo el criterio del costo inmediato, no del riesgo mitigado. O es que quien no sucumbió ante la posibilidad de migrar a la nube bajo el modelo lift and shift (simplemente trasladando los sistemas existentes sin rediseñarlos o al menos adaptarlos - Ver las 7Rs de la nube), muchas veces parece una victoria temprana. Pero en el fondo, es una deuda técnica que se paga con intereses: cada hora de inactividad.
Cuando estos controles no se implementan, no estamos frente a un fallo técnico, sino a un fallo de gestión, o para ser más precisos, a uno de decisión y acción.
Y no me vengan con el cuento de decir que “el caso de negocio no dio para más”, como tanto de esos posts que vi aquí en LinkedIn estos días. Todo depende del servicio, por supuesto, ¿Pero cómo va a dar si omites el costo de tener ese down time? Hablemos claro, ¿Cuánto le cuesta a tu negocio estar por fuera 2, 5, o 12 horas? ¿Acaso tener tres nueves (99.9% up time) sigue siendo el estándar para este tipo de servicios tan críticos? Yo, la verdad, no estoy tan seguro, y menos en este mundo hiperconectado, cuya expectativa mínima es la inmediatez y lo demás es frustración.
El cliente paga, y vuelve a pagar
Las interrupciones masivas no solo afectan la reputación del proveedor, sino también la de miles de empresas que dependen de sus servicios. Desde plataformas de pagos hasta aplicaciones médicas, el daño se multiplica y multiplica sin cesar. Sin embargo, el cliente final, pocas veces -o nunca- recibe una compensación proporcional.
En Colombia, en sectores como el financiero, de salud o telecomunicaciones, las superintendencias y organismos de control imponen obligaciones claras sobre la continuidad operativa y los niveles de servicio mínimos. Las multas por interrupciones no justificadas o por fallas de cumplimiento pueden ser muy duras.
Pero más allá de las sanciones, -porque aquí no se trata de actuar desde el miedo- lo que está en juego es la confianza. Tan difícil de conseguir, como efímera.
la nube no es el problema
La nube, de hecho, ofrece todo lo necesario para que no sea considerada el problema, sino la solución en sí misma para evitar estos escenarios: replicación geográfica, automatización de recuperación, pruebas de resiliencia, arquitectura distribuida y monitoreo predictivo. A veces olvidamos que la nube NO es un datacenter remoto en dólares. El problema no es la tecnología en sí, sino cómo la usamos y cuánto estamos dispuestos a invertir para usarla bien.
Al final, cuando las cosas fallan, todos buscamos al culpable. Pero antes de mirar por la ventana, quizá deberíamos mirarnos al espejo.
Saludos colegas,
Walter Serrano
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